Jutbah Semanal
Traducción al español de la Jutbah que se dicta en árabe desde el Mimbar de Mezquita As-Salam, cada viernes y en los Eid.
LA BUENA CRIANZA Y EDUCACION DE LOS HIJOS
- Viernes, 14 de Agosto de 2026
- Ÿumu‘ah, 1 de Rabi'ul-Auwal de 1448
- Imâm: Sh. Almuthanna Soud Fajreldin
En el Nombre de Allâh, Misericordioso, Compasivo. Alabado sea Allâh por habernos traído al Camino Recto, honrado con el Islam y guiarnos a la fe. Sus bendiciones sean con el sello de los Mensajeros y Profetas, quien transmitió el Mensaje y cumplió con lo que Allâh le encomendó, hasta que lo alcanzó la muerte por Su orden. Que las bendiciones y la paz de Allâh sean con él, su virtuosa familia y sus distinguidos compañeros.
Hermanos y hermanas, dice Allâh Altísimo en el sagrado Qur’an: «¡Oh vosotros que habéis creído! Protegeos a vosotros mismos y a vuestras familias de un fuego cuyo combustible son los hombres y las piedras, sobre el cual hay ángeles severos y poderosos que no desobedecen a Allâh en lo que Él les ordena, sino que hacen exactamente lo que se les ordena» (Sûrah La prohibición Ayah 6)
Queridos hermanos y hermanas en el Islam:
Hoy hablaremos de una de las mayores responsabilidades que Allâh ha colocado sobre nuestros hombros: nuestros hijos. Hablaremos de su crianza, de su educación, de su formación y, sobre todo, de la responsabilidad que tenemos delante de Allâh por esas pequeñas almas que Él ha puesto bajo nuestro cuidado.
El Profeta Muhammad (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) dijo: «Todos vosotros sois pastores y todos vosotros sois responsables de vuestro rebaño». El padre es pastor de su familia. La madre es pastora de su familia. Cada uno será preguntado por aquello que Allâh puso bajo su responsabilidad. Por eso, queridos hermanos, criar un hijo no consiste simplemente en alimentarlo, vestirlo, enviarlo al colegio y asegurarnos de que tenga un techo sobre su cabeza.
Eso es parte de la responsabilidad. Pero la responsabilidad es mucho más grande, porque nosotros no estamos criando solamente cuerpos, estamos criando corazones, estamos formando personas, estamos formando musulmanes, y algún día tendremos que responder ante Allâh Altísimo: ¿Qué hiciste con aquellos hijos que Yo te entregué?
Dice Allâh Ta’âla: «Y toda gracia que tenéis proviene de Allâh». (Sûrah de La Abeja, âyah 53. Entre las mayores bendiciones que Allâh puede conceder a una persona se encuentran los hijos, y quien ha sido privado de esta bendición conoce realmente su valor. Cuántas personas desean tener un hijo y pasan años suplicando a Allâh. Cuántos padres y madres recorren médicos, gastan sus bienes, soportan tratamientos y dificultades, esperando poder escuchar algún día la voz de un hijo llamándolos “papá” o “mamá”, y al mismo tiempo, hay personas a quienes Allâh ha concedido hijos y no comprenden la magnitud de la bendición que tienen delante.
Allâh dice: «A Allâh pertenece el dominio de los cielos y de la Tierra. Él crea lo que quiere. Concede hijas a quien quiere, concede hijos varones a quien quiere. O les da ambos, hijos e hijas, y hace estéril a quien quiere. En verdad, Él es Omnisciente, Poderoso» (Sûrah de La Consulta, âyah 49 y 50). Los hijos son una bendición, pero también son una prueba, y toda bendición es una responsabilidad.
Nuestros hijos son la alegría de nuestras casas, la frescura de nuestros ojos y una de las mayores fuentes de felicidad en nuestras vidas. Dice Allâh: «Los bienes y los hijos son el adorno de la vida mundanal» (Sûrah de La Caverna, âyah 46).
Pero preguntémonos: ¿Para qué nos ha dado Allâh ese adorno? ¿Simplemente para presumir de ellos? ¿Para que tengan buenas notas? ¿Para que estudien una buena carrera? ¿Para que tengan un buen trabajo? ¿Para que ganen mucho dinero?
No. Todo eso sin duda es bueno y muy importante, pero nuestro objetivo debe ser mucho más grande. Queremos que nuestros hijos sean buenos siervos de Allâh. Queremos que conozcan a su Señor. Queremos que amen el Islam. Queremos que amen al Mensajero de Allâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) Queremos que sepan distinguir entre el bien y el mal. Queremos que tengan carácter, vergüenza, honestidad, misericordia, respeto y temor de Allâh. Porque si conseguimos que nuestros hijos tengan todo lo material del mundo pero pierden su religión y su conexión con su creador, entonces ¿qué hemos conseguido realmente?
Si, por el contrario, les enseñamos el Islam, les enseñamos a amar a Allâh, les enseñamos a rezar, a ser honestos, a respetar a sus padres y a tratar correctamente a las personas, entonces hemos dejado algo que continuará beneficiándonos incluso después de nuestra muerte. Y eso será, además, un paso importante para que triunfen en cualquier área a la que se dediquen y que resalten por su conducta, sus excelentes modales y su rectitud.
El Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) dijo: «Cuando muere el hijo de Âdam, sus obras se interrumpen excepto por tres: una caridad continua, un conocimiento del que se beneficien los demás, o un hijo piadoso que suplica por él».
Pensemos en esto, queridos hermanos: Quizás un día nuestros hijos estarán de pie frente a nuestra tumba. Quizás nosotros ya no podremos hacer nada. No podremos rezar. No podremos ayunar. No podremos dar sadaqah. Pero nuestro hijo podrá levantar sus manos y decir: «Oh Allâh, perdona a mi padre». «Oh Allâh, ten misericordia de mi madre». Y esa súplica puede convertirse en una de las mayores obras que continúen beneficiándonos después de nuestra muerte.
Por eso, educar a nuestros hijos no es solamente una obligación. Es también una inversión para la Âjirah.
El Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) dijo: «Tu hijo tiene un derecho sobre ti». Entre los mayores derechos de nuestros hijos está recibir una educación correcta y una formación que les permita conocer a Allâh y caminar por el camino recto.
Allâh nos advierte: «Oh vosotros que habéis creído! Protegeos a vosotros mismos y a vuestras familias de un fuego cuyo combustible son los hombres y las piedras» ( La Prohibición, âyah 6) No dijo solamente: «Protegeos vosotros mismos». Dijo: «Y a vuestras familias».
Porque nuestra responsabilidad no termina en nosotros. Tenemos una responsabilidad hacia nuestras esposas. Tenemos una responsabilidad hacia nuestros hijos. Tenemos una responsabilidad hacia aquellos que Allâh ha colocado bajo nuestro cuidado. Y el Profeta Muhammad (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) nos enseñó que quien recibe una responsabilidad y la traiciona se expone a una amenaza gravísima.
Por eso debemos preguntarnos: ¿Estamos realmente educando a nuestros hijos? ¿O simplemente estamos dejándolos crecer? Porque dejar crecer a un niño no es lo mismo que educarlo.
Un árbol puede crecer solo. Un hijo no. Un hijo necesita dirección. Necesita ejemplo. Necesita límites. Necesita amor. Necesita disciplina. Necesita enseñanza. Y necesita, sobre todo, padres presentes.
Queridos hermanos: Nuestros hijos están creciendo en un mundo completamente diferente al mundo en el que nosotros crecimos. Hoy un niño puede entrar en su habitación, cerrar la puerta y tener acceso, desde un teléfono, a miles de ideas, imágenes y comportamientos que sus padres jamás imaginaron. Las redes sociales educan. YouTube educa. TikTok educa. Los amigos educan. La televisión educa. La calle educa.
La pregunta no es si nuestros hijos van a ser educados. La pregunta es: ¿Quién los va a educar? Si nosotros no llenamos sus corazones con el amor de Allâh, alguien más llenará ese vacío. Si nosotros no les enseñamos qué es correcto, el mundo se lo enseñará. Si nosotros no les enseñamos a amar su religión, alguien les enseñará a avergonzarse de ella. Por eso la educación islámica comienza en casa. Antes del colegio. Antes de las redes sociales. Antes de los amigos. Antes de todo. Comienza con nosotros. El niño mira a su padre. Mira a su madre. Y aprende.
No aprende solamente de lo que le decimos. Aprende de lo que hacemos. Si ve a su padre levantarse para el salâh, aprenderá que el salâh tiene importancia. Si ve a su madre recitar el Qurân, entenderá que el Qurân tiene importancia. Si ve a sus padres decir la verdad, aprenderá la honestidad. Si escucha insultos en casa, aprenderá los insultos. Si ve violencia, aprenderá violencia. Si ve misericordia, aprenderá misericordia. Nuestros hijos no necesitan solamente padres que les den órdenes. Necesitan padres que sean un ejemplo.
El Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) fue el mejor ejemplo de esto. Era el líder de la Ummah. Era el Mensajero de Allâh. Era el comandante. Era el juez. Pero también era un hombre lleno de misericordia con los niños. Abrazaba a sus nietos. Los besaba. Jugaba con ellos. Los llevaba sobre sus hombros.
En una ocasión, cuando un hombre vio al Profeta besar a un niño, dijo: «Tengo diez hijos y nunca he besado a ninguno de ellos». El Profeta respondió: «Quien no muestra misericordia no recibirá misericordia».
Queridos hermanos: Esto es Islam. La misericordia no es debilidad. Abrazar a tu hijo no es debilidad. Decirle «te quiero» no es debilidad. Escucharlo no es debilidad. Jugar con él no es perder el tiempo. Es parte de la educación.
El Profeta no educaba a los niños solamente con discursos. Los educaba con su presencia. Con su carácter. Con su paciencia. Con su misericordia. Y nosotros necesitamos aprender de él.
Nuestros hijos necesitan saber que pueden acudir a nosotros. Necesitan saber que si cometen un error pueden hablar con nosotros. Porque si nosotros no somos el lugar seguro al que puedan acudir, buscarán ese lugar en otra parte. Y quizás la persona a la que acudirán no tendrá temor de Allâh.
Por eso, construyamos una relación con nuestros hijos antes de necesitar corregirlos. Escuchémoslos antes de juzgarlos. Hablemos con ellos antes de gritarles. Acompañémoslos antes de perderlos.
Queridos hermanos: La educación de nuestros hijos también debe tener etapas. Cuando son pequeños, necesitan amor, cercanía y seguridad. Juega con ellos. Abrázalos. Enséñales. Habla con ellos. Haz que la casa sea un lugar donde quieran estar. Luego, a medida que crecen, aumenta la enseñanza y la responsabilidad. Enséñales el Qurân. Enséñales el salâh. Enséñales la unicidad de Allâh. Enséñales qué es halâl y qué es harâm. Enséñales la vida del Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam). Enséñales la historia de los grandes hombres y mujeres del Islam. Pero no les enseñes solamente información. Enséñales a vivir el Islam. Enséñales a ser honestos cuando nadie los está mirando. Enséñales a respetar a sus padres. Enséñales a ayudar al débil. Enséñales a controlar su ira. Enséñales a pedir perdón. Enséñales a tener haya’. Enséñales a tener responsabilidad. Enséñales que ser musulmán no es solamente tener un nombre musulmán.
Ser musulmán significa vivir sometido a Allâh. Y cuando lleguen a la adolescencia, la relación debe cambiar. Ya no son niños pequeños. Necesitan consejo. Necesitan conversación. Necesitan confianza. Necesitan que les enseñemos a pensar, a tomar decisiones y a asumir responsabilidades.
No significa que dejemos de ser sus padres. Significa que aprendemos a ser padres de una persona que está creciendo. Y en esos años, queridos hermanos, debemos convertirnos en amigos y consejeros de nuestros hijos. Porque llegará un momento en que ellos escucharán muchas voces. Y debemos procurar que, entre todas esas voces, la nuestra siga siendo una de las voces que más respetan y en las que más confían.
Por eso, no esperemos hasta que tengan quince años para comenzar a hablar con ellos. No esperemos hasta que tengan dieciséis años para preguntarles qué están haciendo en Internet. No esperemos hasta que tengan dieciocho años para enseñarles religión.
La educación comienza desde que son pequeños. Y cada etapa tiene su responsabilidad.
Queridos hermanos: La juventud es una fuerza enorme para cualquier sociedad. Una comunidad que pierde a sus jóvenes pierde gran parte de su futuro.
Por eso debemos preguntarnos: ¿Dónde están nuestros jóvenes? ¿En nuestras mezquitas? ¿En nuestras escuelas? ¿Con sus familias? ¿O están siendo educados por las redes sociales y por personas que ni siquiera conocen?
Nuestros jóvenes necesitan objetivos. Necesitan disciplina. Necesitan conocimiento. Necesitan buenos amigos. Necesitan buenos maestros. Y necesitan padres que crean en ellos.
La Ummah no necesita jóvenes débiles, sin propósito y sin dirección. Necesita jóvenes que conozcan a Allâh, que tengan carácter, que tengan conocimiento, que sean responsables y que puedan servir a su comunidad y a la sociedad.
Pero para conseguir esos jóvenes, tenemos que empezar cuando son niños. No podemos esperar cosechar frutos de un árbol que nunca plantamos.
Queridos hermanos: Entonces, ¿qué podemos hacer desde hoy?
Primero: Hacer du‘â por nuestros hijos. No solamente cuando tengan problemas. Hacer du‘â por ellos todos los días. Ibrâhîm (‘alaihis-salâm) dijo: «¡Oh Señor mío! Hazme a mí y a mis descendientes gente que establezca la oración»
Segundo: Recemos con nuestros hijos. Que ellos nos vean rezar. Que el salâh sea parte de la vida de nuestra casa.
Tercero: Leamos el Qurân con ellos. Aunque sean pocos versículos.
Aunque sean diez minutos. Pero que exista una relación entre nuestra casa y el Libro de Allâh.
Cuarto: Hablemos de Allâh. No solamente cuando hacen algo malo. Hablemos de Allâh cuando hacen algo bueno. Enseñémosles que Allâh los ama, que Allâh los ve, que Allâh escucha sus du‘â.
Quinto: Controlar aquello a lo que están expuestos. No podemos entregar un teléfono a un niño y luego sorprendernos por lo que aprende. La tecnología puede ser una herramienta. Pero también puede convertirse en una puerta hacia aquello que destruye su corazón.
Sexto: Elegir bien su entorno. Los amigos tienen una influencia enorme. El Profeta nos enseñó que la persona sigue el camino de su amigo cercano. Por eso preguntemos: ¿Quiénes son los amigos de mis hijos? ¿Qué consumen? ¿Qué hablan? ¿Qué admiran? ¿A quién siguen?
Séptimo: Buscar ayuda. No tengamos vergüenza de pedir consejo. La crianza es una responsabilidad enorme y nadie dijo que fuera fácil. Aprovechar a los imam, shuyuj, profesores, familias y personas de confianza que puedan ayudaros.
Y finalmente, queridos hermanos: Recordaremos que nuestros hijos no son nuestra propiedad. Son una amanah. Son una responsabilidad que Allâh nos ha confiado. Y llegará el día en que esa amanah será devuelta a su Dueño.
Quizás hoy tenemos un niño pequeño corriendo por nuestra casa. Quizás nos molesta. Quizás nos despierta por la noche. Quizás ensucia la casa. Quizás nos hace perder la paciencia. Pero llegará un día en que esa pequeña mano ya no buscará la nuestra. Llegará un día en que crecerá. Se irá de casa. Formará su propia familia. Y entonces nos preguntaremos: ¿Qué hice durante los años que Allâh me dio? ¿Le enseñé el Qurân? ¿Le enseñé a rezar? ¿Le enseñé a amar al Profeta? ¿Le enseñé a ser una buena persona? ¿Le enseñé a temer a Allâh cuando nadie lo estaba mirando?
Queridos hermanos: No desperdiciemos esta oportunidad. El tiempo pasa rápidamente. Los niños crecen rápidamente. Ayer los llevábamos en nuestros brazos. Mañana quizás nosotros necesitaremos que ellos nos sostengan. Por eso, antes de que llegue ese día, hagamos nuestro trabajo. Criemos a nuestros hijos con amor. Eduquémoslos con conocimiento. Corrijámoslos con sabiduría. Guiémoslos con misericordia. Y seamos para ellos un ejemplo del Islam.
Que Allâh nos permita cumplir esta amanah. Que Allâh haga de nuestros hijos hijos piadosos. Que los haga amantes del Qurân. Que los haga amantes del Profeta Muhammad (sallallâhu ‘alaihi wa sallam). Que los haga constantes en el salâh. Que los proteja de las malas compañías. Que los proteja de las tentaciones de este mundo. Que los proteja de aquello que daña su fe, su corazón y su carácter. Que Allâh haga de nuestros hijos una fuente de alegría para nosotros en esta vida y una fuente de recompensa para nosotros después de nuestra muerte. Que Allâh nos permita ser padres justos, misericordiosos, pacientes y responsables. Que Allâh nos perdone nuestras deficiencias y nos ayude a cumplir con la responsabilidad que nos ha confiado.
Rogamos a Allâh Altísimo que nos conceda de nuestras esposas y descendientes, la alegría de nuestros ojos y que nos haga un ejemplo para los temerosos de Allâh. Âmîn.
Was-salâmu ‘alaikum wa Rahmatullâhi wa Barakâtuh
