Jutbah Semanal
Traducción al español de la Jutbah que se dicta en árabe desde el Mimbar de Mezquita As-Salam, cada viernes y en los Eid.
LA BONDAD HACIA LOS PADRES (BIRR AL-WÂLIDAIN)
- Viernes, 7 de Agosto de 2026
- Ÿumu‘ah, 24 de Safar de 1448
- Imâm: Sh. Sulayman E. Jada
En el Nombre de Allâh, Misericordioso, Compasivo. Alabado sea Allâh por habernos traído al Camino Recto, honrado con el Islam y guiarnos a la fe. Sus bendiciones sean con el sello de los Mensajeros y Profetas, quien transmitió el Mensaje y cumplió con lo que Allâh le encomendó, hasta que lo alcanzó la muerte por Su orden. Que las bendiciones y la paz de Allâh sean con él, su virtuosa familia y sus distinguidos compañeros.
Existe un derecho humano de inmensa grandeza, revestido de una dignidad y un respeto que ningún otro derecho posee. Es un derecho cuyo cumplimiento no constituye un favor de quien lo realiza, sino una obligación. Y quien lo descuida no queda libre de la vileza ni de la deshonra. No hay nada más feo entre las personas que devolver ingratitud después de haber recibido bondad; romper un pacto después de haberlo establecido; olvidar un favor después de haberlo recibido; responder con traición a la lealtad, con dureza a la misericordia o con desobediencia a quien solo ofreció bondad. No existe persona más perdedora que aquella a quien se le abre una de las puertas del Paraíso y, aun así, decide voluntariamente no entrar por ella; permanece frente a esa puerta con arrogancia, luego le da la espalda y se aleja de aquello en lo que reside su verdadera felicidad en esta vida y en la Otra.
Esa puerta es la bondad hacia los padres. Es una de las puertas del Paraíso que Allâh ha abierto para quienes los tratan con excelencia, los acompañan con bondad durante su vida, gastan en ellos, los sirven y bajan para ellos las alas de la humildad y de la misericordia.
Los padres son para sus hijos, en el recorrido de esta vida, como el sol y la luna. Gracias a ellos iluminan su camino, encuentran consuelo en la soledad y descubren esperanza cuando las dificultades los rodean. Por eso, el Profeta Yûsuf (‘alaihis-salam) dijo a su padre al relatarle su sueño: “¡Padre mío! He visto once estrellas, el sol y la luna; los vi prosternándose ante mí” (Corán 12:4). Es como si el padre fuera el sol, pues trabaja durante el día, soportando el esfuerzo y el cansancio para proveer a sus hijos. Y es como si la madre fuera la luna, porque permanece despierta durante la noche, velando por ellos con ternura, misericordia y amor.
Entre las mayores bendiciones que Allâh concede a una persona está el hecho de poder encontrar a sus padres aún con vida. Porque mientras viven puede beber de la fuente de su bondad, saciarse del manantial de su cariño y refugiarse bajo la sombra de su complacencia. Ellos son las dos alas con las que el hijo vuela por el cielo de esta vida. Son el refugio al que regresa cuando las dificultades lo golpean, cuando las preocupaciones lo abruman y cuando las pruebas de la vida se hacen pesadas.
Las canas que hoy vemos en sus cabezas son, en realidad, el resumen de toda una historia de sacrificios. Ellos envejecieron para que nosotros creciéramos. Ellos sufrieron para que nosotros disfrutáramos. Se agotaron para que nosotros descansáramos. Pasaron noches sin dormir para que nosotros pudiéramos dormir tranquilos. Vivieron con miedo para que nosotros viviéramos con seguridad. Cada vez que salíamos de casa, sus corazones permanecían inquietos hasta que regresábamos sanos y salvos.
Los padres lloran para que sus hijos puedan sonreír. Ellos se entristecen para que sus hijos sean felices. Se sacrifican para que sus hijos vivan con comodidad. Pasan hambre para que sus hijos coman. Soportan la sed para que sus hijos beban.
En realidad, son como una vela que se consume lentamente para iluminar la vida de quienes ama. Ese es el corazón de una madre. Por eso Allâh dice acerca de la madre de Mûsâ (‘alaihis-salam): “Y el corazón de la madre de Mûsâ quedó vacío de todo, excepto de la preocupación por su hijo” (Corán 28:10). Y ese es también el corazón de un padre.
Allâh describe el estado del Profeta Ya‘qûb (‘alaihis-salam) diciendo: “Y sus ojos se volvieron blancos por la tristeza que sentía, mientras contenía su inmenso dolor” (Corán 12:84). ¡Qué inmensos son los sentimientos de unos padres! El corazón de una madre queda vacío por amor a su hijo. Los ojos de un padre pierden la vista por el dolor que siente por sus hijos. ¿Cómo, entonces, podría un hijo responder a semejante amor con desprecio o desobediencia? Por eso Allâh ordena: “No les digas ni siquiera: “¡Uf!”, no los reprendas; háblales con palabras nobles. Baja para ellos el ala de la humildad por misericordia y di: “¡Señor mío! Ten misericordia de ellos como ellos me criaron cuando era pequeño” (Corán 17:23–24). ¡Qué afortunado es aquel cuyos padres murieron estando complacidos con él! ¡Qué inmensa felicidad la de quien deja este mundo mientras sus padres están satisfechos de él!
Se narró que el gran sabio Iyâs ibn Mu‘âwiyah lloró profundamente cuando falleció su madre. Le preguntaron: “¿Por qué lloras tanto?” Respondió: “Tenía dos puertas abiertas hacia el Paraíso; hoy una de ellas se ha cerrado”. ¡Qué hermosa comprensión del Islam! Mientras los padres viven, el hijo posee una oportunidad incomparable para acercarse a Allâh mediante su servicio y obediencia.
Allâh vinculó el buen trato hacia los padres con el acto más grande de todos: Su adoración. Él, Altísimo sea, dice: “Adorad únicamente a Allâh y no Le asociéis nada; y tratad con excelencia a vuestros padres” (Corán 4:36). Y también unió el agradecimiento hacia ellos con el agradecimiento hacia Él: “Sé agradecido conmigo y con tus padres. Ante Mí será el retorno” (Corán 31:14).
Más aún, Allâh hizo que la bondad hacia los padres fuera una de las causas para que las buenas obras sean aceptadas y los pecados perdonados. Él dice: “Hemos ordenado al ser humano tratar con bondad a sus padres… Cuando alcanza la madurez y llega a los cuarenta años dice: “¡Señor mío! Inspírame a agradecer Tus favores, los que has concedido a mí y a mis padres, y a realizar obras rectas que Te complazcan…” Ellos son aquellos de quienes aceptaremos lo mejor de sus obras y perdonaremos sus faltas entre los moradores del Paraíso” (Corán 46:15–16).
Entre las mayores pruebas del amor sincero a Allâh está la bondad hacia los padres. Por ello, el Emir de los Creyentes, ‘Umar ibn al-Jattâb (radiallâhu ‘anhu), dijo a Uways al-Qaranî, después de escuchar al Mensajero de Allâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) describirlo: “Vendrá entre vosotros Uways ibn ʿÂmir… Tiene una madre a quien sirve con total devoción. Si jurara por Allâh, Allâh cumpliría su juramento. Si puedes pedirle que suplique por tu perdón, hazlo”. Cuando ʿUmar lo encontró, le pidió humildemente que hiciera du‘â por él. ¿Qué elevó tanto el rango de Uways? No fue riqueza. No fue poder. No fue fama. Fue, después de su fe sincera, el servicio constante y amoroso hacia su madre. Así recompensa Allâh a quienes honran a sus padres. Cuando el amor y el respeto hacia los padres llenan el corazón de una persona, ese corazón queda protegido de la arrogancia, la dureza, la ingratitud y la crueldad.
La bondad hacia los padres purifica el carácter. Las personas jamás han visto a alguien verdaderamente bueno con sus padres y, al mismo tiempo, de malas costumbres. Ni tampoco han visto a una persona de corazón perverso que sea realmente piadosa con ellos.
ʿUmar ibn ʿAbd al-ʿAzîz (rahmatullâhi ‘alaihi) dijo sabiamente: “No tomes como compañero a quien desobedece a sus padres, pues si fue capaz de romper el vínculo más sagrado de la tierra, ¿cómo será fiel contigo?”. Y esto no es extraño. Allâh describe a Sus nobles profetas relacionando la bondad hacia los padres con la humildad y alejándola completamente de la arrogancia.
Sobre Yahiâ (‘alaihis-salam) dice Allâh: “Fue bondadoso con sus padres y no fue arrogante ni desobediente” (Corán 19:14). Y sobre ʿIsâ (‘alaihis-salam) dice: “Y me hizo bondadoso con mi madre y no hizo de mí un arrogante ni un desdichado” (Corán 19:32).
Nadie en este mundo los amará jamás como los aman sus padres. Ellos toman de sí mismos para darles a ustedes. Quizás no pudieron concederles todo lo que ustedes deseaban. Pero, sin duda, les entregaron todo lo que tenían. Si comprendemos esta realidad, debemos saber que la bondad hacia los padres es una responsabilidad que permanece mientras ellos vivan. La bondad no envejece. No pierde valor con el paso de los años. Al contrario, cuanto más envejecen los padres, mayor debe ser nuestro cariño, nuestro servicio y nuestra paciencia. No debe convertirse en una carga que los hijos se repartan como si fuera un turno de trabajo. No debe decir uno: “Hoy le toca a mi hermano”, “La próxima semana me toca a mí”. La bondad no es una obligación administrativa. Es un acto de adoración. Es una deuda moral imposible de saldar. Es una carrera hacia el Paraíso. Porque, por mucho que el hijo haga por sus padres, jamás podrá devolverles todo lo que hicieron por él.
Abdullâh ibn ʿUmar (radiallâhu ‘anhumâ) vio una vez a un hombre del Yemen cargando a su anciana madre sobre sus hombros mientras realizaba el tawâf alrededor de la Ka’bah. El hombre repetía: “Yo soy para ella un camello obediente; aunque los demás camellos se asusten, yo nunca la abandonaré”. Luego preguntó a Ibn ʿUmar: “¿Crees que con esto ya he compensado todo lo que ella hizo por mí?”. Ibn ʿUmar respondió: “No. Ni siquiera has compensado uno solo de los suspiros que ella dio al traerte al mundo durante el parto”. Toda una vida de servicio jamás podrá igualar un solo momento del sufrimiento de una madre al dar a luz.
Se narra que Usâmah ibn Zayd (radiallâhu ‘anhu) poseía una palmera extremadamente valiosa. El corazón de su madre deseó comer su cogollo. Sin dudarlo, cortó aquella palmera, cuyo valor económico era enorme. Cuando le preguntaron por qué había hecho semejante cosa, respondió: “Mi madre lo deseó. Mientras tenga la posibilidad de cumplir alguno de sus deseos, no dejaré de hacerlo”.
También se narra que Abû Hurayrah (radiallâhu ‘anhu) nunca salía de su casa sin detenerse ante la habitación de su madre. Le decía: “As-salamu ‘alaikum wa rahmatullâhi wa barakatuh, madre mía, así como la misericordia y las bendiciones de Allâh”. Ella respondía: “Wa ‘alaikumus-salam wa rahmatullâhi wa barakatuh”. Entonces él añadía: “Que Allâh tenga misericordia de ti, tal como me educaste cuando era pequeño”. Ella respondía emocionada: “Y que Allâh tenga misericordia de ti por la bondad con que me tratas ahora de que soy anciana”.
También dijo Saʿîd ibn Sufyân al-Thawrî (rahmatullâhi ‘alaihi): “Jamás fui descortés con mi padre. ¡Incluso si me llamaba mientras realizaba una oración voluntaria, la interrumpía para atenderlo!” Y sobre ʿUmar ibn Dharr (rahmatullâhi ‘alaihi) se narró que, cuando murió su hijo, le preguntaron: “¿Cómo era su comportamiento contigo?” Respondió: “Nunca caminó delante de mí durante el día; siempre lo hacía detrás de mí por respeto. Y durante la noche caminaba delante para protegerme. Nunca subió a un techo mientras yo estuviera debajo de él”.
Si nuestros piadosos predecesores nos dejaron ejemplos tan sublimes de bondad hacia sus padres, lamentablemente también han surgido, con el paso del tiempo, personas que han dado los peores ejemplos de desobediencia e ingratitud. Hoy vemos hijos que abandonan a sus padres. Otros se impacientan con ellos y responden con un simple gesto de molestia. Algunos prefieren pasar horas con sus amigos o complaciendo a sus esposas e hijos, mientras olvidan a quienes fueron la causa de su existencia.
Peor aún, hay quienes consideran a sus padres una carga pesada y, en lugar de servirlos, los dejan en hospitales, residencias de ancianos o centros de cuidado, visitándolos muy de vez en cuando, o incluso olvidándose completamente de ellos.
¿Acaso quien desobedece a sus padres no sabe que está persistiendo en uno de los pecados más graves del Islam? El Mensajero de Allâh (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) dijo: “¿Queréis que os informe acerca de los pecados más graves?” Lo repitió tres veces. Los Compañeros respondieron: “Sí, Mensajero de Allâh”. Entonces dijo: “Asociar copartícipes a Allâh y desobedecer a los padres” Después de estar recostado, el Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) se incorporó y añadió: “Y también el falso testimonio”. Los narradores dijeron que repitió esta advertencia tantas veces que deseaban que dejara de hacerlo por la preocupación que mostraba.
La ley de Allâh es justa: Quien siembra bondad, cosechará bondad. Quien siembra desobediencia, cosechará desobediencia. Como trates hoy a tus padres, mañana serás tratado por tus hijos. Por eso los sabios decían: “La recompensa es del mismo género que las obras”.
Uno de los sabios relató una historia estremecedora. Dijo: “Un día vi a un anciano bajo un sol abrasador. Tenía una cuerda atada al cuello y sacaba agua de un pozo con enorme dificultad. Detrás de él caminaba un joven sosteniendo un látigo de cuero con el que golpeaba violentamente la espalda del anciano hasta dejarla marcada por las heridas. No pude soportar aquella escena y grité: “¡Teme a Allâh! ¿Cómo puedes tratar así a un anciano tan débil?” El joven respondió con total frialdad: “Es mi padre”. Sorprendido le dije: “¡Que Allâh no te recompense por semejante acción!”. Entonces contestó: “¡Calla! Mi padre hacía exactamente lo mismo con su padre. Y mi abuelo hizo lo mismo con el suyo”. El sabio concluyó diciendo: “Nunca vi a un hombre más desobediente que aquel”. ¡Qué terrible realidad! El mal ejemplo también se hereda cuando no se rompe el ciclo con arrepentimiento y rectitud.
¡Qué miserable es quien trata mal a sus padres! ¿Cómo puede dormir tranquilo mientras ellos lloran por su causa? ¿Cómo puede disfrutar de la comida mientras ellos sufren? ¿Cómo puede reír cuando sabe que sus padres pasan tristeza por culpa de su comportamiento? ¿Cómo puede preferir a otras personas antes que a quienes lo limpiaron cuando era un bebé, lo alimentaron con sus propias manos y sacrificaron su descanso por él? Ellos hicieron de su regazo una cuna. Velaron su sueño. Corrieron cuando enfermaba. Y si hubieran tenido que elegir entre su propia vida y la de su hijo, habrían dado la suya sin vacilar.
La madre seguirá siendo madre. El padre seguirá siendo padre. Aunque los hijos levanten la voz. Aunque los ofendan. Aunque los abandonen. Aunque los decepcionen. El amor de unos padres rara vez desaparece. Por eso sus derechos nunca prescriben. El paso de los años no elimina la obligación de honrarlos. Y la desobediencia hacia ellos no se borra simplemente con lágrimas después de su muerte. Su expiación, después del arrepentimiento sincero, consiste en volver a la bondad, al servicio, al cariño y al respeto.
¡Oh vosotros que habéis sido negligentes con vuestros padres! Apresuraos a arrepentiros antes de que sea demasiado tarde. Visitadlos mientras aún podéis abrazarlos. Pedidles perdón mientras aún pueden escuchar vuestras palabras. Besad sus manos y sus frentes antes de que llegue el día en que solo podáis besar una tumba. Porque cuando abandonen este mundo ya no verán vuestras lágrimas. No sentirán vuestros abrazos. No escucharán vuestras disculpas. No percibirán vuestros lamentos. Todo eso llegará demasiado tarde.
Por ello el Profeta (sallallâhu ‘alaihi wa sallam) dijo: “¡Que sea humillado! ¡Que sea humillado! ¡Que sea humillado quien alcance a uno o a ambos de sus padres en la vejez y, aun así, no entre al Paraíso por medio de ellos!”
¡Oh hijo desobediente! Ahora ya conoces la verdad. Aférrate a ella. Aprende de la historia del hombre que acudió a ʿAbdullâh ibn ʿAbbâs (radiallâhu ‘anhumâ) y le dijo: “He cometido un gran pecado. ¿Existe para mí arrepentimiento?”. Ibn ʿAbbâs le preguntó: “¿Tu madre vive?”. Respondió: “No”. Entonces Ibn ʿAbbâs le dijo: “Aumenta tu arrepentimiento y busca mucho el perdón de Allâh”. Cuando el hombre se marchó, un compañero preguntó a Ibn ʿAbbâs: “¿Por qué le preguntaste si su madre vivía?” Él respondió: “No conozco ninguna obra más amada por Allâh que la bondad hacia la madre”.
Sabed que todo fruto tiene una semilla, y toda semilla necesita agua, cuidado y dedicación para dar una buena cosecha. Del mismo modo, la bondad de los hijos hacia sus padres tiene una semilla: una educación recta, un hogar lleno de amor y unos padres que siembran buenos valores desde la infancia. La verdadera cosecha se recoge cuando los hijos llegan a la edad adulta. Entonces se distingue el fruto dulce del amargo. Quien sembró rectitud recogerá rectitud. Quien sembró negligencia, difícilmente cosechará gratitud. Allâh, Altísimo sea, dice: “La buena tierra produce su vegetación con el permiso de su Señor; en cambio, la tierra mala apenas produce sino con dificultad” (Corán 7:58).
Un consejo para padres y madres: No olvidéis que, en muchas ocasiones, el buen trato que recibiréis de vuestros hijos será el reflejo de la educación que les habéis dado. La bondad hacia los padres nace de una crianza basada en el amor, la misericordia, la justicia y el buen ejemplo. Por ello, temed a Allâh y sed justos con todos vuestros hijos. No hagáis diferencias injustas entre ellos. No mostréis preferencia por uno y descuido por otro. La justicia en el hogar produce amor entre los hermanos y respeto hacia los padres.
Se relata que Al-Ahnaf ibn Qays entró un día en la presencia del Jalifa Muʿâwiyah ibn Abî Sufyân, mientras su hijo Yazîd estaba sentado junto a él. Muʿâwiyah le preguntó: “¡Oh Abû Bahr! ¿Qué opinas acerca de los hijos?” Al-Ahnaf respondió con una respuesta que merece ser escrita con letras de oro: “Los hijos son el soporte de nuestras espaldas, el fruto de nuestros corazones y la alegría de nuestros ojos. Con ellos enfrentamos a nuestros enemigos y ellos serán quienes continúen nuestro legado cuando ya no estemos. Sé para ellos una tierra suave sobre la cual puedan caminar con seguridad, y un cielo protector que les dé sombra. Si te piden algo, dáselo cuando puedas. Si buscan reconciliarse contigo, acéptalos. No les niegues tu cariño, porque podrían cansarse de estar cerca de ti, desear tu ausencia y esperar el día de tu muerte”. Al escuchar estas palabras, Muʿāwiyah exclamó: “¡Que Allâh tenga misericordia de ti! Has dicho toda la verdad”.
Generalmente, un padre o una madre no invocan contra sus hijos sino después de haber soportado un dolor inmenso. Después de haberlos cargado cuando eran pequeños… Después de haberlos alimentado cuando tenían hambre… Después de haber secado sus lágrimas… Después de haber pasado noches enteras sin dormir por ellos…
Resulta doloroso que, cuando esos hijos crecen y sienten que ya no necesitan a sus padres, desenvainen la espada de la desobediencia y disparen las flechas de la ingratitud. Entonces brota una súplica nacida de un corazón roto. Y la súplica de quien ha sido oprimido no tiene barreras entre ella y Allâh.
Uno de los antiguos dijo lamentándose de su hijo desobediente: “Ha despreciado mis derechos y ha torcido mi mano con injusticia. Que Allâh, el Dominador, tuerza la suya”. Si invocara contra una montaña, esta se derrumbaría. Me ha arrebatado mis bienes y ha roto sus promesas. Muy pronto comparecerá ante su Señor, Quien lo juzgará con perfecta justicia”.
Los narradores cuentan que ese hijo terminó teniendo un hijo aún más desobediente que él. Así comprendió que la recompensa suele ser del mismo género que las acciones.
No menospreciéis la pequeña palabra “¡Uf!” Aunque sea una palabra breve y ligera sobre la lengua, es inmensa ante Allâh cuando se dirige a los padres con desprecio. Asimismo, quien teme constantemente la reacción de sus padres por su mal comportamiento debe saber que ya ha caído en una forma de desobediencia. El gran sabio ʿUrwah ibn az-Zubayr dijo: “No ha sido verdaderamente bondadoso con sus padres quien los mira con dureza”.
¡Esposos y esposas! Ayudaos mutuamente a honrar a vuestros respectivos padres. No seáis causa de ruptura entre vuestro cónyuge y sus padres. Qué mala es la esposa que impide a su marido visitar a sus padres. Y qué malo es el marido que dificulta a su esposa mantener el vínculo con los suyos. Allâh dice: “Ayudaos mutuamente en la virtud y en la piedad, y no cooperéis en el pecado ni en la agresión”. (Corán 5:2).
El verdadero amor nunca obliga a una persona a abandonar a sus padres. El verdadero matrimonio fortalece los lazos familiares, no los destruye.
Nuestros padres no estarán con nosotros para siempre. Llegará un día en que entraremos en sus habitaciones y estarán vacías. Llamaremos a sus teléfonos y nadie responderá. Nos sentaremos en la mesa y echaremos de menos sus palabras. Ese día comprenderemos el inmenso tesoro que Allâh nos había concedido.
Por ello, aprovechad mientras aún viven. Visitadlos. Escuchadlos. Abrazadlos. Pedidles consejo. Besad sus manos y sus frentes. Hacedlos sonreír. Gastad en ellos con alegría. Y repetid cada día la súplica que Allâh nos enseñó: “¡Señor mío! Ten misericordia de ellos como ellos me criaron cuando era pequeño”.
¡Oh, Allâh! Haznos de aquellos que honran a sus padres con sinceridad. Perdona a nuestros padres y madres, vivos y fallecidos. Ten misericordia de quienes ya han partido. Concede salud, bienestar y una larga vida en obediencia a Ti a quienes aún viven. Haz que nuestros hijos sean para nosotros una alegría, así como nosotros procuramos ser una alegría para nuestros padres. Llena nuestros hogares de amor, misericordia y respeto. Reúnenos a todos en los jardines del Paraíso, junto a Tu amado Profeta Muhammad ﷺ, los veraces, los mártires y los justos. Ciertamente, Tú eres el Más Misericordioso de los misericordiosos. Âmîn.
Was-salâmu ‘alaikum wa Rahmatullâhi wa Barakâtuh
